Yo soy aquel
El que vende trescientos ejemplares de un libro. Una reflexión sobre vivir de la escritura o, simplemente, vivir la escritura.
La relación de la escritura con la industria literaria siempre ha sido conflictiva, no viene de ahora. La democratización del acceso a la industria, que no a la escritura -por suerte muy democrática-, sumado a la era digital y su impúdico exhibicionismo, ha provocado que muchos escritores y escritoras se proyecten en la idea de “vivir de la escritura”.
Manuel Vilas, desde su controvertida ironía, dijo hace unas semanas que un escritor que vendía menos de trescientas copias era un fracasado. Y se ha armado un gran revuelo porque, sin pretenderlo, ha puesto frente al espejo a muchísimos escritores y escritoras. Un espejo con un marco tramposo y clasista, pero espejo al fin y al cabo.
Huelga decirlo, pero vivir de la escritura, o de sus famosos aledaños, no te hace mejor escritor. Repasen las listas de lo más vendido y entenderán lo que digo. Repasen, también, la lista de escritores talentosos a los que la literatura mató. Sin embargo, vivir continuamente de sarao en sarao literario, tener un éxito comercial tan masivo como el que han podido tener Manuel Vilas, David Uclés o Irene Vallejo, te aleja de la escritura. Si te descuidas, te convierte en un ex-escritor. O peor aún, en un pésimo escritor.
Hablemos en plata: de mis nueve libros en el mercado, solo uno ha superado los cuatro mil ejemplares, dos han superado los mil ejemplares y el resto no han llegado a los mil. Si consideramos que, de cada libro, el autor cobra el 10% (2 euros de un libro que cuesta 20), no salen las cuentas después de toda una vida dándole a la tecla. Encima siempre me he empeño en decirle a los editores que traten de abaratar el precio de venta, para que cada libro sea lo más accesible posible. Todo un lince del negocio literario.
Ahora que estoy dando más clases de escritura creativa, haciendo más informes de lectura e incluso escribiendo libros como escritor fantasma, no necesariamente me siento más escritor. A veces, me expulsa el folio en blanco, soy incapaz de escribir una sola línea y me siento un fraude. Me sentía insolentemente escritor, eso sí, cuando tenía quince años. Me seguía sucediendo a los veinte, cuando trabajaba en oficios de mala muerte, paseaba por Jerez, Sevilla o Granada buscando librerías de viejo, compraba los clásicos más baratos, leía en habitaciones penumbrosas y escribía en una libretita a boli como si el mañana no existiera. Y puede que nunca me haya sentido tan escritor como cuando escribí Yo, precario y trabajaba como mascota de chocolatinas, contando gente que se colaba en el metro o como speaker de la selección española. A veces, no sé si echo de menos cómo me sentía entonces o si solo tengo nostalgia de la juventud perdida.
Así que imaginaos la ordinariez que me parece evaluar la escritura y la identidad del escritor por sus ventas, dejando a un lado lo más sagrado: el acto de escribir. Eso que me ha acompañado cuando estaba herido, enfadado, exhausto, emocionado, pletórico, hundido o enamorado, que define exactamente cómo afronto mi manera de estar en este mundo tan complejo que continuamente me hiere. ¿Pero quién osa mancillar mi relación con la literatura con la sucia pringue del capitalismo? ¿Es que acaso no saben con quién están hablando?
Un libro: Orbital, de Samantha Harvey
Quizás, para comprender mejor las expectativas del ser humano, esa extraña combinación de ego y debilidad, anhelos y esperanzas, haya que tomar perspectiva. En Orbital se narra la travesía, monótona y científica, de seis astronautas alrededor de la Tierra. Harvey nos sumerge en sus pensamientos y nos pone frente al espejo de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Un ensayo precioso con la ficción como herramienta cómplice.
Dos películas: Maspalomas y Mi amiga Eva
Mis dos favoritas a los Goya son estas joyitas cuyos protagonistas son un gay septuagenario que sufre un ictus y acaba en una residencia, y en una cincuentona que decide que nunca es tarde para volver a enamorarse. Y las dos, tan valientes para enfocar a quienes suelen salirse de la foto, tan diferentes en tono y acabado, son historias profundamente humanas y conmovedoras.
Un disco: Vidas Semipreciosas
En pie. Ha vuelto Nacho Vegas. Ha sacado un disco poético y político, que habla de cómo afrontamos, en lo íntimo y colectivo, estos tiempos oscuros que vivimos. Dice la Mery que es como un abrazo y es verdad, sí, deja un rastro cálido. Pese a la lluvia y destrucción que vivimos ahí afuera.
Y en el apartado de mi vida literaria, pues contaros que los talleres jerezanos van viento en popa, que este de arriba ya está al 80% (solo quedan dos plazas) y el del Ateneo de Jerez lo hemos renovado hasta junio y está activo, por si queréis practicar el noble arte del relato.
Y eso es todo, que no es poco 😊. Espero que estéis soportando bien las lluvias y que no suceda cerca vuestra ninguna catástrofe. Mi consuelo, quizás un poco autoayudesco, es que siempre, siempre, siempre, termina saliendo el sol.
Gracias a todas por estar ahí 💜




