Jo, qué año
He cumplido un año viviendo en Jerez y he redimensionado la ciudad, derribado algunos mitos y ratificado sus desastres.
Hace ahora un año que regresé a Jerez. Escribí un texto cuando me fui de la terreta que hoy parece un pasado remoto. Eso desvela la intensidad de lo vivido. Siempre digo que las ciudades son, un poco, lo que tú quieres que sean, así que desde un comienzo intenté adaptar esta ciudad a mi manera de vivir. Con el tiempo, he comprendido mejor su idiosincrasia y hemos llegado a un pacto de no agresión.
A lo largo de los meses, he ido escribiendo mis grandes éxitos y fracasos. Admito que me ha costado desprenderme de la condescendencia con la que he mirado muchos años a esta tierra. Verla desde la distancia incidía en su caricatura y a mí me daba una excusa para seguir lejos, ignorando mis continuos fracasos. Y es que, en Jerez existe una cultura vasta, diversa y alternativa tan rica como la de cualquier otro lugar del mundo. No somos más, pero tampoco menos. Y hay, por supuesto, un ecosistema cultural y contracultural impulsado por personas que también buscan mejorar el entorno.
Del mismo modo, a la ciudad a veces hay que echarle paciencia. Jerez necesita apelar al folclore y la religión para movilizar la economía y mantener acotado el cabreo estructural, y, en ocasiones, resulta violentamente conservadora. Sigue instalada en una fallida política del pelotazo y la búsqueda de reconocimiento mientras olvida las necesidades de sus gentes, su clientelismo provoca pudor ajeno y la autocrítica es tomada, no pocas veces, como un ataque a la ciudad.
He vivido muchos momentos para el recuerdo. La inauguración de mi piso, la mudanza de mis padres, la cercanía con la familia y la pandilla, la creación de dos talleres de escritura en Jerez (uno en el Ateneo y otro en La Yerbabuena), la impartición de un Seminario en la Universidad de Cádiz, la fundación de nuestro Club de lectura Mariana Enríquez, la vivencia cercana de una esperanza política o las diversas charlas, rutas y presentaciones que hemos ido desarrollando. No está nada mal para ese lugar que antaño califiqué como “un hoyo”.
Y entre medias he escrito un libro.
Aunque la cosecha es excepcional, a veces fantaseo con dejar de ser autónomo, olvidar el mundo cultural, dejar de agredir al teclado y tratar de llevar una vida “normal”. Ser, qué se yo, profesor, camarero, cartero o funcionario. Desterrar la exigencia de este empleo como malabarista a tiempo infinito. Porque, con esta manera de existir, a veces me siento como Paul Hackett en After Hours, cuando, después de una noche indescriptible, ve la luz del día y, entre aturdido y desorientado, solo quiere regresar a casa, tumbarse en la cama y abrazar por fin la calma.
Un libro: La vida fuera de casa, de Kike Parra.
A Kike Parra le llamo hermano mayor porque me preguntaban mucho en Valencia si era mi hermano y porque actuaba muchas veces como un hermano mayor, ayudándome en mil cosas. A mí me chifla como persona y lo admiro como escritor. Hay algo del dolor de esta época que ha sabido captar en su último libro y transcribirlo en ocho cuentos maravillosos. Su libro, tan triste, me ha alegrado este comienzo de verano. Las cosas de la literatura. Aquí más info.
Una serie: Examen de conciencia.
Una de las series que mejor explora el abuso sistémico que ha ocultado la iglesia católica en España: el de la pederastia. Identifica patrones conductuales de sujetos e institución y los expone, mostrándonos también el destrozo humano; las heridas en carne viva y las cicatrices de algunas víctimas. Con algunas reservas sobre algunas escenas de dudosa moralidad, es para verla y no mirar a otro lado. Se puede ver aquí.
Un podcast: Conspiración asesina contra García Lorca, de Dossier Negro.
A Federico García Lorca lo asesinó la dictadura franquista de una forma orquestada y vil, que recompone en dos episodios este podcast de La Vanguardia. Lo mejor es que da nombres y está bien que esos nombres y los de sus familias se conozcan. Más allá del dolor que transmite el relato, es interesante para comprender cómo funcionan los mecanismos de represión y cómo se ayuda de tontos útiles para sembrar el terror. Aquí podéis escucharlo.
Y esto es todo, que no es poco. Este verano lo dedicaré a descansar, a leer algunos manuscritos que me han llegado y disfrutar de la sensación de tiempo suspendido que me trae esta época del año.
A quienes estáis por aquí, os deseo que estos meses lo llenéis de descanso, viajes, vivencias y de amor. Y que, sobre todo, hagáis todo lo posible por no producir: ahí se encuentra la esencia de la vida.
Que paséis un feliz verano 🌞




Paul Hackett, como sabe, acaba su noche sentado en su puesto de trabajo, como muestra el último plano "steadicam" laberíntico de la película, marca de la casa de Scorsese